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Costa Rica chose a path without an army, trusting instead in covenant with its people and its land. Since 1948, protection here has not been about weapons or fortresses, but about care — for forests, rivers, and communities. Guardianship is lived daily: in neutrality, in conservation, in the trust that neighbors will look out for one another.
That choice was not symbolic. When Costa Rica abolished its army, it redirected military funds into schools and hospitals, choosing to guard dignity through education and health rather than through weapons. And when pressured to host foreign military bases, Costa Rica resisted, defending its neutrality as a covenant with peace. This guardianship is not passive — it is an active refusal to commodify land or lives in the service of war.
Costa Rica’s guardianship extends to creation itself. More than a quarter of its territory is protected as national parks and reserves, a living covenant with the earth. Forests, rivers, and biodiversity are treated not as commodities to be sold, but as treasures to be safeguarded for future generations. Neutrality here is not only political — it is ecological, a refusal to exploit what belongs to all.
By contrast, the United States built a military‑industrial complex that thrives on endless conflict. Pointless wars are started not to protect people, but to feed the rich through contracts and weapons sales. Wars commodify both land and lives: land becomes territory to seize or exploit, reduced to oil fields, minerals, or bases; lives become expendable units, measured against the cost of weapons and contracts. Every bomb dropped enriches contractors, while every displaced family is reduced to a statistic.
Meanwhile, the government has completely abandoned covenantal purpose. It cannot find the money to offer affordable healthcare, house the homeless, or feed the hungry — but it can always find billions to drop bombs. The priorities are clear: profit for the few outweighs dignity for the many. People longed for safety and belonging, but were offered division as a solution — and they were deceived by it.
At home, protection itself became commodified. Security was sold as a product, politics became a marketplace, and culture‑war legislation was deliberately manufactured to keep citizens fighting each other instead of noticing how the wealthy profited at every turn. Book bans, attacks on public education, and laws targeting vulnerable communities were not about safety — they were distractions, designed to divide.
That endless conflict stalled government. Compromise became impossible. Distrust grew until citizens lost faith in their leaders’ ability to govern. Out of frustration, many turned to a man who promised to “do something” — even if that something was destructive. The culture war had opened the door to authoritarianism, and now the nation lives with the consequences of a government that abandoned covenantal purpose.
Costa Rica reminds us that guardianship is not for sale. It is not about exploiting division or hoarding wealth. It is about protecting dignity together — safeguarding peace, conserving creation, and building trust in community.
This is what dignity looks like.
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Pura Vida—No Se Vende: Guardianes de la Pura Vida

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Costa Rica eligió un camino sin ejército, confiando en el pacto con su gente y con su tierra. Desde 1948, la protección aquí no ha sido cuestión de armas ni de fortalezas, sino de cuidado: de los bosques, los ríos y las comunidades. La guardianía se vive cada día: en la neutralidad, en la conservación, en la confianza de que los vecinos se cuidarán unos a otros.
Esa decisión no fue simbólica. Cuando Costa Rica abolió su ejército, redirigió los fondos militares hacia escuelas y hospitales, escogiendo proteger la dignidad mediante la educación y la salud en lugar de las armas. Y cuando se le presionó para albergar bases militares extranjeras, Costa Rica resistió, defendiendo su neutralidad como un pacto con la paz. Esta guardianía no es pasiva: es una negativa activa a convertir la tierra o las vidas en mercancía al servicio de la guerra.
La guardianía costarricense se extiende también a la creación misma. Más de una cuarta parte del territorio está protegido como parques nacionales y reservas, un pacto vivo con la tierra. Los bosques, los ríos y la biodiversidad no se tratan como mercancías para vender, sino como tesoros que se resguardan para las generaciones futuras. La neutralidad aquí no es solo política: es ecológica, una negativa a explotar lo que pertenece a todos.
En contraste, Estados Unidos construyó un complejo militar‑industrial que prospera en el conflicto interminable. Se inician guerras sin sentido no para proteger a la gente, sino para enriquecer a los poderosos mediante contratos y ventas de armas. Las guerras convierten en mercancía tanto la tierra como las vidas: la tierra se vuelve territorio para ocupar o explotar, reducida a campos petroleros, minerales o bases; las vidas se vuelven unidades desechables, medidas contra el costo de armas y contratos. Cada bomba lanzada enriquece a los contratistas, mientras cada familia desplazada se reduce a una estadística.
Mientras tanto, el gobierno ha abandonado por completo su propósito pactado. No logra encontrar dinero para ofrecer atención médica asequible, albergar a los sin techo o alimentar a los hambrientos — pero siempre encuentra miles de millones para lanzar bombas. Las prioridades son claras: la ganancia de unos pocos pesa más que la dignidad de la mayoría. La gente anhelaba seguridad y pertenencia, pero se le ofreció la división como solución — y fue engañada por ella.
En casa, la protección misma se convirtió en mercancía. La seguridad se vendió como producto, la política como mercado, y la legislación de guerras culturales se fabricó deliberadamente para mantener a los ciudadanos peleando entre sí en lugar de notar cómo los ricos se beneficiaban en cada giro. Las prohibiciones de libros, los ataques a la educación pública y las leyes contra comunidades vulnerables no trataban de seguridad — eran distracciones, diseñadas para dividir.
Ese conflicto interminable paralizó al gobierno. El compromiso se volvió imposible. La desconfianza creció hasta que los ciudadanos perdieron la fe en la capacidad de sus líderes para gobernar. Por frustración, muchos recurrieron a un hombre que prometía “hacer algo” — aunque ese algo fuera destructivo. La guerra cultural abrió la puerta al autoritarismo, y ahora la nación vive las consecuencias de un gobierno que abandonó su propósito pactado.
Costa Rica nos recuerda que la guardianía no está a la venta. No se trata de explotar la división ni de acumular riqueza. Se trata de proteger la dignidad juntos — de salvaguardar la paz, conservar la creación y construir confianza en la comunidad.
Esto es lo que parece la dignidad.
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