Pura Vida—Not For Sale: Belonging Through Committment

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Before I could even begin to cross the bridge of language, I learned that belonging in Costa Rica was already alive in the way neighbors showed up for one another. Covenant didn’t wait for words — it began with commitment.  

A few days after we arrived in Costa Rica, a water main broke, and we had no water for several days. Since we couldn’t speak Spanish, we had no idea what was going on. We didn’t even know how to check for information about the shortage.

We might have struggled, but our Tico neighbors made sure we were cared for. They knocked on our door, and motioned for us to follow them. They led us outside to a waiting water tanker truck.

People were filling up containers of water. We didn’t have any containers. But our neighbors didn’t just fill their own containers — they made sure we had enough, too. They lent us many of their own water jugs. We wondered if they had enough for themselves. 

We were shocked, and deeply grateful. They thought of us. They cared. That moment taught us that belonging isn’t about language fluency or fitting in quickly. It’s about commitment — neighbors who show up for each other, even when resources are scarce.  

In the U.S., belonging often feels like a transaction — memberships, gated communities, or circles of friends and relatives. If you’re outside those circles, you’re left on your own. Neighbors may nod politely, but they rarely step in to make sure strangers are cared for. Belonging is treated like membership — something you earn or buy — not a living covenant.  

That’s why our neighbors’ care during the water shortage touched us so deeply. They barely knew us—and we were foreigners. Nevertheless, they thought of us, included us, and shared what they had. Their commitment showed us that belonging here is not about convenience or familiarity. It is about covenant—neighbors showing up, even for strangers.  

This is what dignity looks like.

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Pura Vida—No Se Vende: Pertenencia a Través del Compromiso

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Antes de poder siquiera comenzar a cruzar el puente del idioma, aprendí que la pertenencia en Costa Rica ya estaba viva en la manera en que los vecinos se apoyaban unos a otros. El pacto no esperó las palabras — comenzó con el compromiso.

A los pocos días de haber llegado a Costa Rica, se quebró una tubería principal de agua y nos quedamos sin agua por varios días. Como no podíamos hablar español, no teníamos idea de lo que estaba pasando. Ni siquiera sabíamos cómo buscar información sobre la escasez.

Podríamos haber tenido dificultades, pero nuestros vecinos ticos se aseguraron de que estuviéramos bien. Tocaron nuestra puerta y nos hicieron señas para que los siguiéramos. Los seguimos hasta la calle, donde había un camión cisterna de agua.

La gente estaba llenando recipientes con agua. Nosotros no teníamos ninguno. Pero nuestros vecinos no solo llenaron sus propios recipientes — también se aseguraron de que tuviéramos suficiente. Nos prestaron muchos de sus propios bidones. Nos preguntábamos si ellos tendrían suficiente para sí mismos.

Quedamos sorprendidos y profundamente agradecidos. Pensaron en nosotros. Se preocuparon por nosotros. Ese momento nos enseñó que la pertenencia no se trata de fluidez en el idioma ni de encajar rápidamente. Se trata de compromiso — vecinos que se apoyan mutuamente, aun cuando los recursos son escasos.

En los Estados Unidos, la pertenencia a menudo se siente como una transacción — membresías, comunidades cerradas o círculos de amigos y familiares. Si usted está fuera de esos círculos, queda por su cuenta. Los vecinos pueden saludar con cortesía, pero rara vez se aseguran de que los extraños estén bien. La pertenencia se trata como una membresía — algo que se gana o se compra — no un pacto vivo.

Por eso el cuidado de nuestros vecinos durante la escasez de agua nos conmovió tan profundamente. Apenas nos conocían — y éramos extranjeros. Sin embargo, pensaron en nosotros, nos incluyeron y compartieron lo que tenían. Su compromiso nos mostró que la pertenencia aquí no se trata de conveniencia ni de familiaridad. Se trata de pacto — vecinos que se hacen presentes, incluso para los extraños.

Esto es lo que la dignidad parece.

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