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We had lived through decades of struggle in the United States—fighting for dignity as lesbians, fighting for recognition as women, fighting for survival in a culture that often treated us as less than human.
And it isn’t only the LGBT community and women. Immigrants, people of color, Jews, the disabled, the poor, and the elderly also carry this heavy burden of oppression.
In the American profit‑first system, everyone’s worth is measured by money: what you have, what you earn, or how much you can be exploited for profit. Indeed, when meeting someone for the first time, Americans’ first question is, “What do you do for a living?”
People are commodified: treated as if they were products with a price tag. They are valued only for their economic utility, instead of for their humanity. The basic things that all human beings need to live with dignity—housing, healthcare, education, rest, and belonging—are products to be bought and sold, rather than human rights or shared gifts.
This heavy yoke of commodification had left us weary. And then, one day, that still, small voice inside us whispered: “Go. Find peace. You have fought enough.“
It wasn’t logical. We had never been to Costa Rica. We didn’t know the language. We didn’t know the customs. But the whisper carried a weight that logic never could. It was the voice of the soul, a Divine reminder that freedom isn’t just a pipedream—it is our birthright, a built-in longing within every soul.
So we sold what we could, packed what we absolutely needed or couldn’t leave behind, and stepped into the unknown. Some people called us foolish. Some even called us cowards for not staying to fight. But we knew: courage takes many forms. Sometimes it’s protest. Sometimes it’s persistence. And sometimes, it is the radical act of choosing peace.
Now, we wake to birdsong instead of sirens. We walk slowly, breathe deeply, and are greeted with warmth instead of cold indifference. Costa Rica has given us something we never knew we lacked: a culture that values community over competition, joy over performance, being over doing.
Costa Rica, you welcomed us with open arms. You gave us dignity, sanctuary, and the chance to breathe freely. This is what dignity looks like. And this is our love letter to you with a promise to honor your dignity.
This series is born from gratitude for Costa Rica’s gift of pura vida—a way of life that treasures human dignity over commodification. Each reflection will name the ways freedom and humanity are cheapened when measured only by profit, and then turn toward hope: the covenant of living humbly, together, with mercy and joy.
The Series
1. Listening to the Whisper (this post)
2. Health as a Right, Not a Gamble
3. Belonging Through Commitment
4. Language as Covenant
5. Living Humbly, Not Monumentally
6. Guardians of Pura Vida
7. Freedom’s True Cost
I invite you to walk with me through these reflections. Together we’ll explore how pura vida offers a different way of seeing freedom, belonging, and hope.
Follow along as each post lifts up a facet of this covenantal life, naming what commodification distorts and celebrating what mercy restores.
Pura Vida—No Se Vende: Escuchando el Susurro

Habíamos vivido décadas de lucha en los Estados Unidos: luchando por la dignidad como lesbianas, luchando por el reconocimiento como mujeres, luchando por sobrevivir en una cultura que muchas veces nos trataba como menos que humanas. Y no es solo la comunidad LGBT y las mujeres. Inmigrantes, judíos, personas afrodescendientes, personas con discapacidad, los pobres y los adultos mayores, entre otros, también cargan con el pesado yugo de la opresión
En el sistema estadounidense el dinero es primero: el valor de cada persona se mide por el dinero: lo que tienes, lo que ganas, o cuánto puedes ser explotada para generar lucro. De hecho, al conocer a alguien por primera vez, la primera pregunta suele ser: “¿A qué se dedica?”
Las personas son cosificadas—tratadas como si fueran productos con una etiqueta de precio—valoradas solo por su utilidad económica, en lugar por su humanidad. Las cosas básicas que todo ser humano necesita para vivir con dignidad—vivienda, salud, educación, descanso y pertenencia—se convierten en productos que se compran y se venden, en vez de ser derechos humanos o regalos compartidos.
Ese pesado yugo de la mercantilización nos había dejado cansadas, y entonces, un día, esa voz pequeña y silenciosa dentro de nosotras susurró:“Vayan. Encuentren paz. Ya han luchado suficiente.”
No era lógico porque nunca habíamos estado en Costa Rica. No sabíamos el idioma y no conocíamos las costumbres; pero el susurro llevaba un peso que la lógica nunca podría llevar. Era la voz del alma, un recordatorio Divino de que la libertad no es solo una ilusión—es nuestro derecho de nacimiento, un anhelo sembrado en cada alma.
Así que vendimos lo que pudimos, empacamos lo absolutamente necesario o lo que no podíamos dejar atrás, y dimos el paso hacia lo desconocido. Algunas personas nos llamaron imprudentes, otras incluso nos llamaron cobardes por no quedarnos a luchar, pero sabíamos que el valor toma muchas formas: a veces es protesta. A veces es persistencia. Y a veces, es el acto radical de elegir la paz.
Ahora despertamos con canto de aves en lugar de sirenas. Caminamos despacio, respiramos profundo, y somos recibidas con calidez en vez de con indiferencia fría. Costa Rica nos ha dado algo que nunca supimos que nos faltaba: una cultura que valora la comunidad sobre la competencia, la alegría sobre el rendimiento y el ser sobre el hacer.
Costa Rica nos recibió con los brazos abiertos. Nos dio dignidad, refugio y la oportunidad de respirar libremente. Así es como se ve la dignidad y ésta es nuestra carta de amor para usted, con la promesa de honrar su dignidad.
Esta serie nace de la gratitud por el regalo costarricense de la pura vida—una forma de vivir que atesora la dignidad humana por encima de la mercantilización. Cada reflexión nombrará las maneras en que la libertad y la humanidad se abaratan cuando se miden solo por la ganancia, y luego se volverá hacia la esperanza: el pacto de vivir con humildad, juntas, con misericordia y alegría.
La Serie
- Escuchando el Susurro (este post)
- La Salud como Derecho, No como Apuesta
- Pertenencia a través del Compromiso
- El Lenguaje como Pacto
- Vivir con Humildad, No Monumentalmente
- Guardianes de la Pura Vida
- El Verdadero Costo de la Libertad
Le invito a caminar conmigo a través de estas reflexiones. Juntas exploraremos cómo la pura vida—el regalo costarricense de dignidad y sosiego—ofrece una manera distinta de ver la libertad, la pertenencia y la esperanza.
Acompáñame en cada publicación, donde levantaremos un aspecto de esta vida pactada, nombrando lo que la mercantilización distorsiona y celebrando lo que la misericordia restaura.



